Orgasmos en tierra santa

[Publicado en la edición impresa de La Vanguardia / 11 de septiembre de 2018]

Es de noche y por las calles no pasea ni una sola mujer. En Poradaha, un pueblo en el distrito de Kushtia, el “código moral” por el cual una mujer debe estar encerrada en casa al anochecer se aplica a rajatabla. Desde las terrazas de los puestecillos de té y comida, donde los hombres se retan a una especie de billar que se practica con los dedos, se aprecia una larga calle iluminada. Delante se erige una mezquita, como si fuera una torre de control. Dicen que todo lo ve, pero en la casa de al lado violaron a una chica hace unos años. Ante los ojos de Alá. 

“La situación es muy mala. Nuestras mujeres deberían poder estar aquí”, reivindica Aman Howlader, un pescador de 56 años. Según la ley de Bangladesh, el tercer país musulmán del mundo, la mujer tiene garan tizada su libertad de movimiento en la Constitución, pero en las zonas rurales esta premisa es inexistente.

Aman sigue a los Baul desde la adolescencia. Considerada una especie de secta, los Baul piensan que el cuerpo humano es el sitio de todas las verdades y que la libertad no entiende de géneros o religiones. El origen de la doctrina ha generado dudas entre los historiadores. Algunos aseguran que surgieron en Irán entre los siglos VIII y IX, como una rama del sufismo. Otros afirman que la palabra baul proviene del sánscrito y significa poseso o loco. Los Baul habrían buscado el éxtasis a través de la música y la danza, inspirándose en otras doctrinas como el tantrismo y el yoga.

Una larga túnica blanca cubre el cuerpo de Aman y la barba le llega hasta el pecho. Su aspecto sólo se diferencia de los integristas islámicos y mulás, eruditos del Corán, por su mayor anchura y porque no lleva un gorro a juego en la cabeza. En Kushtia, una sola prenda es el abismo entre integrismo y libertinaje.

Todas las noches de los primeros seis meses del año, Aman, que tiene dos hijos, acude a las fiestas de una comunidad Baul de la zona, conocidas por convertirse en un encuentro sexual de intercambio de parejas. Su mujer también, porque la condición principal es ir acompañado. “Es voluntario, nadie está obligado a nada, pero a nuestro entender hacer el amor es una forma de entregarse al otro y encontrar la paz”. Quizá los gritos de placer hayan llegado algún día a oídos de algún integrista que estaba rezando, pienso. 

El sexo se acompaña de canutos de marihuana y música liberal. Aman abandonó el islam cuando la escuchó, porque le supuso un choque para sus creencias. “Algunos utilizan malas (rosarios hindúes), otros tasbis (rosarios musulmanes) y dicen que les separa una religión, ¿pero qué importa la religión cuando vienes o te vas de este mundo?”, reza una canción del maestro Lalon Fokir (1774-1890), cuya academia sigue en pie y es un lugar común de reunión de los más de 5.000 Baul de Kushtia.

Como este pescador, muchos otros han bebido de las letras Baul entonadas al ritmo de la ektara, un instrumento hecho con calabazas, cuerda, bambú y piel de cabra. Otro maestro llamado Nabani compuso y cantó canciones durante décadas que inspiraron a Rabindranath Tagore, el primer no europeo en ganar el Nobel de Literatura. Hasta acompañó a mítines al que sería el primer ministro de la India, Jawaharlal Nehru.

Los Baul han sufrido en los últimos años al menos dos ataques por parte de extremistas. En uno de ellos, la misma canción que enamoró a Bob Dylan –hasta el punto de invitar a un Baul a su residencia en las colinas de Bearsville (Nueva York)– sirvió de excusa al grupo vinculado a Al Qaeda Ansarullah Bangla Team para atentar contra los Baul.

“Sabemos que no les gustamos, porque no vamos a la mezquita ni leemos el Corán. Pero nosotros no tenemos orgullo, no nos creemos mejores que nadie. Queremos a todo el mundo por igual, incluso a aquellos que nos atacan”, explica Aman.

Los mismos mulás que le niegan el saludo con altivez son buenos amigos de la familia de su hermano, porque “no son pecadores”. Cuando se visita a la familia, la esposa apenas mira al extraño y evita darle la mano. Su hijo Shakhawat, que trabaja en Dacca, se ve mejor reflejado en las ideas de su tío. “Los mulás tienen mucho ego”, critica, porque “se creen saber quién irá al cielo y quién al infierno, pero esto sólo lo sabe Dios”. “Para mí –insiste– hay una interpretación incorrecta del Corán, porque allí donde habla de proteger a las mujeres algunos lo ven como la necesidad de limitar su libertad personal”.

La igualdad de género parece una quimera en Bangladesh, teniendo en cuenta que según Unicef un 90% de las mujeres ha sufrido alguna vez violencia psicológica para forzarlas a acatar las órdenes masculinas (como la prohibición de mantener el contacto con la familia o la necesidad de saber dónde se encuentra en todo momento). Todavía más grave, un 65% ha experimentado directamente la violencia física de sus maridos. Además, como apunta Freedom House, una organización sobre libertades civiles americana, el colectivo femenino sigue sufriendo una gran discriminación en los servicios sociales y la búsqueda de empleo.

En Kushtia, los Baul siguen sumando nuevos adeptos a base de su buen ritmo musical, pero en la sociedad siguen pesando las enseñanzas del teólogo persa Abu Hamid Al Ghazali (siglo IX), que en su libro El resurgimiento de las ciencias religiosas sentenció que el sitio de la mujer está en casa y que sólo puede salir de ella en caso de emergencia.

La mujer de Aman sale a la calle, pero no de cualquier forma ni con cualquier vestimenta. “Si hoy mi mujer saliera con unos shorts, habría muchos animales que se le tirarían encima. No lo hace porque es una forma de protegerse”, admite. Y añade: “El Gobierno debería tomar primero medidas para proteger su libertad personal y actuar fuertemente contra el problema de las violaciones”.

Su sobrino, Shakhawat, cree que en el futuro este distrito, junto con las grandes ciudades, pueden ser los impulsores de un cambio de cultura en este terreno a nivel nacional. Bangladesh ha conseguido tener a dos mujeres como primeras ministras en las últimas tres décadas, pero el poder todavía no ha llegado a sus hogares.

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Las hijas rebeldes del prostíbulo

El camino hacia uno de los mayores prostíbulos del mundo está rodeado de palmeras y campos de arroz verdísimos que se extienden hasta donde la vista alcanza. Daulatdia, una población a apenas 100 kilometros de la capital de Bangladesh dedicada enteramente a la prostitución, es el infierno de más de 1.500 mujeres, pero tiene aspecto de paraíso.

El río Padma, principal distribuidor del sagrado Ganges, baña sus aledaños y unos ancianos, ­enfundados en trapos de colores, pescan sin importarles demasiado la barbarie. Tan sólo les incomodan las olas de los transbordadores que, incesantemente, cruzan de una orilla a otra repletos de camiones y autocares. Mientras tanto, a los clientes de los burdeles les da la bienvenida una suave brisa campestre, lejos del calor húmedo que asola las calles de las grandes ciudades bengalíes en pleno agosto.

El laberinto del sexo son ca­llejones estrechos a los que se asoman puestecillos de refrescos y snacks y farmacias abarrotadas de Oradexon, un esteroide utilizado para el engorde del ganado que las prostitutas consumen –“es la receta de la belleza”, dicen– para estar más atractivas. Las mujeres no llevan velo y sí mucho maquillaje facial, para que se noten sus ojos al guiñarlos. Constantemente brotan trifulcas de sus entrañas. En una esquina una prostituta echa a gritos a un cliente mientras carga con un bebé de apenas unos meses, al que tambalea con sus gestos bruscos.

Si no escapan, su falta de identidad las estigmatiza de por vida y las aboca a la prostitución prematura

En Daulatdia, las criaturas son las víctimas inocentes y olvidadas de la lacra de la explotación sexual. Concebidas en encuentros fortuitos, su falta de identidad –nunca conocerán a su padre– las estigmatizará de por vida, y en el caso de las mujeres las abocará
a la prostitución prematura, con entre cinco y diez clientes diarios a partir de los 7 años, en claustrofóbicas habitaciones de 9 metros cuadrados. Habitaciones que deberían llenar de juguetes.

Actualmente, la prostitución femenina es legal en Bangladesh, y las leyes impulsadas por la ­actual primera ministra, Sheikh Hasina, no consiguen proteger a los niños, porque se han quedado en meras declaraciones de intenciones. La Child Act del 2013, que prohíbe que los menores de más de cuatro años vivan en burdeles, no va acompañada de ninguna hoja de ruta sobre cómo garan­tizar su salida, compaginándolo con el derecho de las madres y el combate a la estigmatización social. Papel mojado.

En vez de estar drogada y desnuda en una cama, Nipa ahora sueña con fichar por el equipo nacional de cricket

Nipa Islam tiene una sonrisa pícara y es entrañablemente extrovertida. No lleva velo, pero sí un precioso pañuelo estampado de colores que le abriga el cuello. Se largó de las calles de Daulatdia a los cuatro años, antes de caer presa de los pederastas. Su madre la entregó a la oenegé KKS (Karmojibi Kallyan Sangstha), una organización que proporciona cobijo, comida y educación a hijas de prostitutas. En vez de estar drogada y desnuda en una cama, ahora sueña con fichar por el equipo nacional de cricket.

“Solía practicar mucho, hasta gané algunos torneos, pero ahora sólo puedo jugar con la escuela porque aquí en la casa no encontramos a un entrenador”, lamenta. A pesar de ello, no pierde la esperanza. “Me gustaría representar a mi país, pero también estoy estudiando mucho para poder trabajar de otra cosa”, reconoce.

Para Nipa, Daulatdia ya es sólo un recuerdo lejano “con música alta y palabrotas”. Por las mañanas, no la despierta el ruido, sino las ganas de rebelarse contra un destino que parecía ineludible. Se levanta a las seis y se pone a leer el Corán, después va a la escuela y finalmente vuelve a la casa. En sus ratos libres le encanta “cotillear” con sus amigas.

Explica que un par de veces por semana ve a su madre. “Siempre me dice que sea buena y que es­tudie, me intenta dar lecciones de moral… y, bueno, también aprovecha nuestro lavadero para hacer la colada”, cuenta en un mar de carcajadas.

En KKS, aprenden a entender a sus madres, a estudiar y trabajar para ganarse el futuro: una auténtica rebelión

Su amiga Ruma Akther, que lleva un largo vestido anaranjado, coincide con ella. Es más vergonzosa y le cuesta abrirse. Estuvo en una casa de acogida mientras su madre se prostituía. “Cuando venía a verme y le preguntaba cómo estaba, me contaba que trabajaba en las afueras de Dacca. Sólo entendí a qué se dedicaba cuando, con 12 años, entré en la KKS”, admite. “Pero la quiero mucho porque ella no tiene la culpa de haber acabado allí”, reivindica.

Ruma suele entretenerse con el ordenador, pero vive algo agobiada por un examen de selectividad que tiene que superar de aquí a unos meses. En dos años va a salir de la casa y va a tener que enfrentarse a una sociedad conserva­dora que puede que la rechace. “Normalmente las chicas tienen dudas, algunas incluso se sienten incómodas y querrían volver al prostíbulo, pero siempre acabamos convenciéndolas de que lo mejor es que sigan estudiando”, argumenta la actual profesora de inglés, que en su día ocupó una cama en la misma casa. Un asesoramiento que sigue incluso después de la salida al mundo real.

Desde que abrió, en 1997, hasta 127 chicas han atravesado el sendero de tierra que lleva a este edificio discreto, sombrío, donde florece la esperanza. Jóvenes y niñas arrebatadas a las mafias ­cuyo rescate ha acarreado más de un problema a la KKS. Amder Hussain, director de proyectos de la KKS, lo entendió cuando tres hombres armados se plan­taron delante de la casa de aco­gida para amenazarles de muerte. “Dimos información a la policía sobre dos chicas que habían llegado al pueblo, víctimas del trá­fico, y se enfadaron mucho”, explica. “Fue una situación puntual, pero nos hizo entender que estamos en peligro constante y que si queremos un cambio tenemos que exponernos”, reivindica.

Gracias a valientes como Hussain, las hijas de los burdeles, protegidas entre las verdes pa­redes de la oenegé KKS –casi invisibles porque se camuflan bien con la naturaleza–, han aprendido a entender a sus madres y a trabajar para ganarse el futuro. Una auténtica rebelión que se define sola.

Cuando se les pregunta a Ruma y Nipa si han pensado en tener ­hijos o casarse enrojecen. Aún son muy jóvenes. Tienen 16 años. “Estamos muy concentradas en estudiar”, admiten entre risas. Por ahora, el amor es para ellas el que dan y reciben de sus madres.

–¿Dónde os veis de mayores?

–Lejos de aquí y con dignidad total. Queremos poder decir con orgullo que nuestras madres fueron prostitutas.

 

El teatro que, sin querer, casi acabó con el catolicismo

Jesucristo se rebotó, corona de espinas en la cabeza, para repartir tortazos a derecha e izquierda, sin piedad. En el pueblo de Atella, de 3800 habitantes, en la región sureña italiana de Basilicata, hasta un blasfemo ha llegado a conseguir el papel de hijo de Dios en la Via Crucis. Ese año, la calle protestaba: “¿Cómo puede ser?”, gritaban. Nadie pensaba, pero, que se le acabaría la paciencia.

“Esta procesión es un teatro con tema religioso”, afirma Benedetto Carlucci, periodista y fundador de esta procesión de Jueves Santo en 1967. Hasta entonces, ningún pueblo de la región se había planteado convertir la religión en puro teatro, aunque la obligación de confesarse antes de hacerla no dejaba de tener un punto importante de formalidad religiosa. Continua llegint

Reuters

La trampa del diàleg

Les estridents sirenes policials fa una setmana que no sonen igual. Les cadenes de furgones que circulen pels carrers de Barcelona, lluny de generar sensació de seguretat, intranquil·litzen. Només fa 7 dies que el Regne del Terror va arrassar poblacions senceres davant l’única via possible per un hipotètic diàleg: que Catalunya digui què vol. Els autèntics camises blanques van ser apallissats amb odi, ràbia i, sobretot, impunitat. Continua llegint

Un día por carreteras etíopes

[Publicado originalmente en el blog interactivo ‘Historias de Viaje’]

El bullicio, el polvo, los edificios a medio hacer, las bocinas de los taxis, las avenidas llenas de coloridas barracas de bebida y snacks, los jóvenes universitarios bien peinados soñando con cambiar el mundo. Dejar Adís Abeba, con la brújula puesta hacia el sur, significaba escapar de todo eso para adentrarse en un largo camino lleno de miradas indiscretas (haz click en los subrayados para ver más información), presentes pero invisibles, que colonizan las inmediaciones del mayor río nacional: la carretera.

Era la primera vez en 25 años que el gobierno etíope anunciaba un estado de emergencia, abrumado por el conflicto tribal entre las regiones norteñas de Oromia y Amara. Justo una semana antes, 52 personas murieron en una avalancha humana provocada por la intervención policial en un festival.

Era un martes de octubre cualquiera, excepto por el hecho de que siete días antes Etiopía había activado el estado de emergencia. Tesé, nuestro guía – reconocido por sus compañeros de profesión como un perro viejo- nos había dado tres directrices claras: no habría cambios de plan; no circularíamos una vez puesto el sol; y no nos pararíamos más de la cuenta para evitar aglomeraciones a nuestro alrededor. Así que, a pesar del largo camino que nos separaba de nuestro primer destino – Arba Minch-, no salimos de la capital hasta una hora prudente de la mañana, que acabaron siendo las nueve. Continua llegint

Sembrados de bombas

La metralla se ha convertido en abono en el patio del señor Bahje. En las alargadas carcasas metálicas que condenaron a Laos a ser el país más bombardeado por cápita de la historia, crecen ahora especias y flores. La de Bahje es la última reminiscencia de la aldea de las bombas, bautizada así por la curiosa transformación de los explosivos arrojados por el ejército estadounidense –entre 1964 y 1973– en objetos de decoración. Vida donde antes había muerte.

Pero la provincia laosiana de Xieng Khouang, de 250.000 habitantes, no es un alter ego de su parcela. Los 80 millones de bombas de la llamada Secret War –operaciones norteamericanas enmarcadas en la guerra de Vietnam para frenar los suministros de Laos hacia Ho Chi Minh– que quedaron sin detonar por fallos en su diseño o lanzamientos desde baja altura, siguen masacrando a su pueblo.

El mismo modelo que expone Bahje en una de las estanterías de su choza, convertida en un museo para la concienciación de pequeños y mayores sobre los riesgos de estos artefactos, acabó en marzo con la vida de Kia en la población de Nong Phet, al norte de Phonsavan. La cría de 10 años estaba jugando con sus amigos cuando la guerra fría le estalló entre sus manos diminutas. Otros 13 niños fueron heridos.

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“El periodisme cal més que mai per contrastar i verificar les dades”

El divendres 9 de desembre vaig debutar al Catalunya Vespre (a partir del min. 10), a l’espai de tertúlia que dirigeix la periodista Silvia Cóppulo. Els temes: el cas Nadia Nerea; l’eventual avançament del referèndum; les enquestes sobre el sobiranisme al País Basc; i la decisió del Tribunal Suprem de considerar la panera nadalenca com un “dret adquirit” dels treballadors.

Vaig tenir el plaer de compartir taula de debat amb en Manel Manchón, l’Anna Arqué i en Joan Cañete.

http://www.ccma.cat/audio/embed/943508